La gran duda que carcome las almas de los progresistas de hoy
Cómo proceder ante el misterioso aluvión de zombies subversivos que azotan a sus madres: ¿Evocando los más sublimes ideales o resignándose a una defensa instintiva y cobarde del vínculo sanguíneo?

Las versiones zombies de Haroldo Conti y Francisco Urondo arremeten contra las señoras gordas fanáticas de Juan Cruz Sanz.
Primeramente, hacer hincapié, no en el comportamiento, sino en el germen que propagó estas lóbregas apariciones: las voces quejumbrosas en vibrante frecuencia, escupiendo hastío por una marcada recuperación de un debate consistente en husmear pasados. Aquí, cabrían unas palabras para Jorge Lanata, pero preferimos destacar su atinada incursión en el mundo del puterío artístico, del contrapunto semi-primate (a.k.a. espectáculo).

Riña de viejos "Abel Laudonio", 1985 (rueda de perdedores, segunda fase)
Haydeé Padilla y Mirtha Legrand se enfrentan en recordada velada de gala, luego de sucumbir, de manera inapelable, ante la envidiable técnica y el magnífico despliegue de castañazos propinados por Federico Luppi y Daniel Tinayre, respectivamente. El ex director de "Página 12" y "Crítica de la Argentina" ofició de árbitro y determinó un polémico empate.
Haydeé Padilla y Mirtha Legrand se enfrentan en recordada velada de gala, luego de sucumbir, de manera inapelable, ante la envidiable técnica y el magnífico despliegue de castañazos propinados por Federico Luppi y Daniel Tinayre, respectivamente. El ex director de "Página 12" y "Crítica de la Argentina" ofició de árbitro y determinó un polémico empate.
Retomando el hilo conductor (si lo hubiere), Washington Panacea, nuestro tereso oficialista de letrado tardío y militancia urgente, nos describe, brevemente, dramáticamente, su aventura familiar motivada por el (ahora sí, explicitado) particular comportamiento de estas bestias que convergen goticismo y biblioteca estatal:
"Mi madre es una venerable sexagenaria, de cierta habilidad culinaria, moralina espumante y notable admiradora de las denuncias de corrupción como único requisito para establecer una creencia en reformas de peso. En definitiva: es querible. Pero cuando Haroldo, mi espejo, mi adorado autor de 'Mascaró', transformado ahora en una gangrena ambulante, cruzó la cocina arrojándose sobre ella... no supe que hacer. No supe. No..."


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